SABIOTE DESDE EL GUADALIMAR

Tan unidos en el recuerdo, porque en aquellos infantiles años, cuando uno no podía soportar cualquier pequeño avatar de la edad, siempre le quedaba el consuelo de ir al Mirador, para reconciliarse con la vida…con la Serna, la Covatilla, Vistalegre y todo su elaborado, ajardinado y sudado término municipal hasta donde se perdía la vista. Que pensar el que mil sufridas gentes andaban cavando por aquél inmenso mar de olivos, ayudaba a quitar los propios pesares.

Mi visión se quedaba allá por el Puente, sobre nuestro querido Guadalimar, el auténtico oasis en aquellos desérticos años sesenta, cuyas únicas y semibañables aguas sólo podían encontrarse en las albercas de las Carreras o la Covatilla.
Rio frontero cuya visión nos mostraba que allí se acababa nuestro pequeño y entrañable mundo y comenzaba otro lejano y misterioso, Las Navas, cuya puerta la sabíamos sellada por Cetrina, una ganadería de reses bravas, con la que los padres se aseguraban cualquier intento de lejanía filial.
Oiga, y su hijo, Morcillito de Sabiote, ¿ha tenido hasta ahora algún lance torero que nos indique que tiene madera, por la que deberíamos de ayudarle para llegar a ser algo así como Carnicerito de Úbeda? Les preguntaba a los padres un prócer local, mientras pensaba en un posible apadrinamiento. Pues sí, mire Vd. ,Don Juanito, que un buen dia íbamos cazando por allá, cerca del rio, y una vaquilla como se nos arrancó, tuvimos que subirnos a un majano, y desde allí, nuestro chiquillo, pues que le hizo volverse a peñonazo limpio!. Auténtica historia de nuestra fugaz y peculiar historia taurina.
Anécdotas aparte, el rio era nuestro particular Torremolinos, surgida entonces la necesidad social del bañarse, del oler bien, del ver y ser visto. El gratificante baño de los pobres, que allá por Santiago apóstol celebrábamos haciendo el sobrehumano esfuerzo de probar, para entender un poco cuales eran los esotéricos encantos de la cosa, ya que hasta el cura de entonces, D. Ricardo, acostumbraba a proponer en plena canícula…”hermanos, recemos por todos aquellos que no pueden ir a Torremolinos de veraneo”.
Escribo todo lo anterior desde el dolor que la punzante melancolía produce estando aquí, pasando unos días junto a nuestro, desde el cariño y toda la saudade del mundo, pequeñito y arcilloso rio Colorado, mientras miro a Sabiote subido en su majestuoso pedestal de historia, entre la neblina de un triste y lluvioso dia otoñal.
Han pasado casi cincuenta años, años en los que casi nadie tenía nada, pero el buen Dios me concedió la suerte de tenerlo todo: el don de ser cazador y la inmensa suerte de tener un familiar con coto. Y he vuelto contraviniendo la máxima filosófica de que “uno nunca debería de volver al sitio donde fue feliz”. Pero sabido es que el corazón tiene razones que la razón puede no llegar nunca a entender. Ahora, por las exigencias de la memoria lejana, necesitaba espiritualmente reencontrarme con las huellas de la Tula, el Canelo, la Chispa y el Careto, lo que me ha supuesto una auténtica inyección de vitalidad y tristeza. Sentimiento agridulce, sin duda, sí, porque la parte agria ha venido de ver como un monte entonces realmente sostenible, lleno de senderos y explotado por carboneros y ganado, ahora, anda lleno de una feísima cicatriz llamada cortafuegos. Tal es su selvático aspecto, más proclive a alimañas que al humano disfrute de antaño.
Y como no lo conocía, subí al asombroso Iznatoraf, en una auténtica Machadiana experiencia simétrica a la vivida por D. Antonio allá por la Torre de D. Pero Gil. Verán , en plena noche y plaza de su ayto., nos salió al paso un señor vestido de negro, delgado, de quijotescos modos que tras preguntarnos si éramos turistas, nos conminó a responder…¿pero vdes. creen que hay derecho a que” se abstengan en la votación”?…Y  mientras procurábamos aguantar y ocultar la sonrisa, él, sin esperar respuesta alguna, se contestó solito…”pues saben lo que les digo, que si se abstienen, no les pienso votar en cincuenta años”. Díose media vuelta y fuese. Tal cuál
Repaso mentalmente todo lo anterior mientras escribo y agoto los últimos minutos de mi estancia en este palomar, un rincón tan bonito, tan bonito, que hasta ha disipado mi primaria y natural inclinación a subir a mi cuna, a las calles que mecieron mi infancia y adolescencia e hicieron soñar con el  rico mundo que me ha venido llegando después.
Prefiero quedarme aquí en este cortijo blanco, asediado por olivares y por el silencio de tanto curativo campo.
Nuestras gracias finales a María por habernos regalado unos impagables días.
 
Luis Manuel Aranda
Médico sabioteño  desde la diáspora del Altoaragón

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